Una tarde cualquiera. De un miércoles cualquiera. Día del museo en el de Bellas Artes y la entrada es gratuita. Un grupo de gente espera en la cola para recoger las entradas, y otro tanto hace lo propio en la salida. Llueve. Hace mucho frío y es imposible evitar los charcos que se han formado en los alrededores para llegar. Hace un rato que ha anochecido. Hay mucha humedad y el cansancio se palpa alrededor. La jornada está llegando a su fin.
La gente está helada. Una señora solicita una silla de ruedas para la visita y varios grupos de conocidos se divierten y charlan en el hall a la espera de que amaine la lluvia. No hay suerte: sigue lloviendo. Otros visitantes, sentados en los bancos tras las cristaleras, miran al frente con mirada reflexiva. A la espera. Una mujer, empapada, tiembla de frío mientras espera una entrada. Se da cuenta de algo. La mayoría de los visitantes solo entran a la exposición de Botero, y se van.
Una curiosa máquina en una esquina del recibidor llama su atención. Sale de la fila perdiendo el turno y se acerca. Se trata de una máquina para imprimir pósters de los cuadros de Botero al gusto y personalizados. Garabatea, y se pierde en la estancia. Observa varios trabajadores de seguridad. Son demasiados -piensa para sí misma-. También curiosea por los escaparates de la tienda. Está a rebosar.
Vuelve a la cola. La precede un matrimonio entrado en edad. Espera. Una pareja de jóvenes llega detrás de ella y comienzan a besarse apasionadamente. Llega su turno. Entra. Cede su sitio a la señora que va en silla de ruedas. La mira agradecida. Sonríe. Lleva un cuaderno verde y un boli del mismo color que hace las delicias de los curiosos. El boli pinta a duras penas. Se hace sitio entre la multitud, y se pierde.
Una pera gigante. Un niño de Vallecas. Se recoge el pelo torpemente en una coleta. Se deja llevar por lo que está a su alrededor y comienza a tomar notas.Y a disfrutar.
La gente descansa entre la multitud sentada en los bancos interiores. La mujer, extasiada entre tanto colorido, pasa a la siguiente sala. Un tríptico de centros de flores llama su atención. Una obra grandiosa, de tres lienzos de colores vivos, que cualquiera desearía tener en su casa, es lo más destacado. La sala, llena de bodegones de frutos y objetos tradicionales, retrata la vida latinoamericana donde nació el autor.
Su afición a los toros queda patente en el segundo espacio. Una calavera montada sobre un toro, representa la muerte en los ruedos: “Muerte de Ramón Toro” dice la leyenda informativa a su derecha. Y de la muerte a la tortura. Tres lienzos de corte vertical son un grito de denuncia contra las torturas en la cárcel de Abu Ghraib. El estilo inconfundible del autor y los colores negro, gris y rojo hacen estremecerse a la mujer, que mantiene la compostura a duras penas tras la visión de los tres lienzos.
Un retrato enorme de “Maria Antonieta” es lo más destacado de la sala de retratos, que hace de transición hasta la sala donde Botero dibuja sobre el circo. Todas las piruetas posibles quedan retratadas con el estilo inconfundible del autor, y de aquí, llama la atención “Gente de circo con elefante”. Tanto por su composición como por sus contrastes de color.
“Baño en el Vaticano”, y “Crucifijo” son las obras maestras en la temática del clero. Las pinturas en clave de humor, pretenden ser una sátira a la grandilocuencia y riqueza de la iglesia. Un obispo en la bañera con zapatos de color rosa flúor es un buen ejemplo de ello.
En la sala de retratos costumbristas donde destacan “El Baño”, “Recién Casados” o “La mujer Sentada”. Y por supuesto “La Viuda” y “Los Bailarines”.
Los altavoces mandan. Queda un cuarto de hora para las ocho de la noche y se cierran las puertas. La mujer guarda su cuaderno, el boli y se prepara para salir. No para de llover, pero desaparece corriendo de puntillas entre la noche de la ciudad.
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Hermann
Muy chulo, la verdad. A modo de relato, como suele hacer el tal Vindio.
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